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Hyde, “el apóstol de la oración”

Hyde, “el apóstol de la oración”

El hombre que clamó por grandes avivamientos

 

  • Impactó la historia de la iglesia por su pasión mostrada a través de su vida de oración.
  • Presenció impactantes milagros, a causa de las horas que invirtió de rodillas.

 

Mencionar el nombre John Hyde, sin lugar a dudas, es evocar la historia del poder de la oración que produce avivamiento, pues Hyde hasta el día de hoy, se conoce en la historia de la iglesia como el “apóstol de la oración” o como le llamaban sus seguidores en la India, “John, el que ora”.

Pese al menosprecio que vivió al inicio de su ministerio, Hyde indicaba que la obra de Dios “se construye de rodillas”, por este motivo  muchas veces intercambió su tiempo de sueño y salidas sociales por clamar a Dios, solicitando su intervención.

Oriundo de Illinois, Estados Unidos, era hijo de un ministro presbiteriano. Creció en un hogar lleno del amor de Dios, en el que se respiraba una atmósfera de oración constante y se le inculcó desde pequeño el amor por Jesús.

Su padre era un cristiano fiel y apasionado por el Señor, de muy buenos modales. Reconocido por ser un hombre de oración que clamó fuertemente pidiendo obreros para la mies y muchas veces presenció abundantes milagros. Se dice que la madre de Hyde, era una mujer dulce y esforzada, apasionada en su relación con Dios y quien se esmeró por el cuido y educación de sus seis hijos.

La habilidad escolar de John era tan notoria que le solicitaron incluso participar en proyectos importantes; sin embargo el ámbito profesional no resultaba atractivo para el joven, pues en obediencia decidió seguir lo que sentía como llamado de Dios y asistir a un seminario en Chicago.

Estando allí, experimentó la dolorosa muerte de su hermano Edmund, quien decidió ser misionero. Este hecho le llevó a una fuerte búsqueda interior, pues él consideraba a su hermano como un modelo de vida.

John se embarcó a la India en octubre de 1892, él deseaba rescatar a las millones de almas que perecían sin Cristo, pero a la vez deseaba convertirse en un reconocido misionero y dominar varios idiomas. Una noche, encontró una carta en su cama, de parte de un amigo de su padre al cual admiraba profundamente y se sobresaltó cuando leyó la frase “no dejaré de orar por ti, hasta que seas lleno del Espíritu Santo”, pues la implicación de este escrito era que él no lo estaba.

“Mi orgullo fue tocado”, confeso Hyde, según se comenta en la publicación de su biografía, ese día tiró la carta, subió a un rincón a clamar para recibir la llenura del Espíritu y que el mismo Dios todopoderoso le capacitara para convertirse en un buen misionero. Su oración, estuvo llena de pasión y entrega, pues solicitó al Señor que le llenara, sin importar cuál fuera el costo.

El idioma le representó una fuerte dificultad, el Señor por medio de su Espíritu Santo le abrió las escrituras y le permitió aprender otros idiomas, se convirtió en un muy buen orador y de dirigió a públicos de centenares de Indios fascinados mientras él les hablaba las verdades de la palabra de Dios.

En la convención de 1910, los presentes fueron testigos de las fuertes súplicas de Hyde, quien gritaba “¡Oh, Dios, dame las almas o me muero!. Antes que la reunión acabara, el misionero reveló que se estaba duplicando la cantidad de personas que veía venir a Cristo. Cuatro almas al día se convertían.

A principios de 1911, regresó a América muy enfermo y murió ese mismo año, con la siguiente expresión en sus labios: “Grito la victoria de Jesucristo”. Falleció a sus 47 años y nunca se casó.

Hyde aprendió a lo largo de su vida, que el más valioso secreto para mantener la vitalidad espiritual, es mantener una comunión profunda con el Señor, un corazón entregado a él y lleno de piedad, ligado a una poderosa vida de oración.

John acostumbraba a decir: “Cuando nos mantenemos cerca de Jesús, es él quien atrae las almas a sí mismo a través de nosotros, pero es necesario que él sea levantado en nuestra vida: esto es, tenemos que ser crucificados con él. De alguna forma, es el “yo” que se levanta entre nosotros y él, y por eso el “yo”, precisa ser tratado como él lo fue. El “yo” necesita ser crucificado. Solamente entonces Cristo será levantado en nuestra vida, y él no puede dejar de atraer las almas a sí mismo. Todo eso es resultado de la unión y comunión íntimas, o sea, comunión con él en sus sufrimientos”.


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