Santidad

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mi camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno”. Salmos 139: 23-24

Todos los seres humanos tenemos áreas en las que debemos mejorar. Quizás luchas con pensamientos inadecuados, con prácticas o costumbres pecaminosas o con actitudes que sabes que no están bien delante de Dios. Incluso aquellos que ya han rendido muchas áreas a los pies del maestro, necesitan diariamente arrepentirse y limpiar su corazón.

Y es que la búsqueda de la santidad debe ser parte de nuestra vida diaria como hijos de Dios. Así como todos los días nos bañamos, nos aseamos, nos preparamos para ir a nuestros trabajos u obligaciones, así también requerimos estar delante de la presencia de Dios para entregarle todo nuestro ser y rendirle aquellos aspectos que no podemos vencer por nuestras propias fuerzas.

Así como el Salmista David, debemos tener un clamor por santificarnos, incluso rindiendo cosas que no sabíamos que teníamos en nosotros. Es necesario pedir a Dios que nos muestre qué cosas ocultas están siendo limitantes para que la Gloria se manifieste en nuestra vida natural y espiritual.

Me parece muy interesante como se menciona la palabra “pruébame” dentro del versículo. Muchas veces tendremos que ser probados, pasados por fuego para limar todo aquello que no es agradable a los ojos del Señor, pero que nos llevará a la plenitud en Él. Santidad implica amor, porque cuando amas a Dios no te importa lo que debas de vivir con tal de ser una ofrenda grata ante su trono. Santidad implica humildad, para reconocer que no eres perfecto, que te has equivocado y que hay cosas que no puedes solucionar por tu propia cuenta. Santidad implica morir a ti mismo, porque entregas tus deseos y anhelos carnales, dándole preminencia al Espíritu Santo.

La libertad sólo se obtiene cuando confesamos nuestras faltas y cerramos de una vez por todas las puertas que habíamos abierto al pecado en nuestras vidas.

Dios desea que le sirvas en plenitud, sin pena, sin vergüenza, sin culpabilidad. Cuando somos vasijas limpias, Dios puede derramar su vino, su aceite, su presencia en nosotros y hacernos portadores de su Gloria.

Es tiempo de desenmascarar al enemigo y no permitir nunca más que el pecado determine hasta dónde llegarás en Dios. Es tiempo de permitir que Dios te lleve de su mano y te guíe en el camino eterno.

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Pablo Barquero

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Salmista y Líder de jóvenes CMA
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