La Fe

En múltiples ocasiones Jesús confrontó a sus discípulos por no tener fe, o por tener poca fe. La respuesta de ellos a esta confrontación fue una inusitada petición, “Señor auméntanos la fe.”

¿Cuántas veces en el diario transitar de la vida te has encontrado con esta triste realidad que no tienes fe o muy poca fe?

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan,” (Hebreos 11:6)

La fe en un Dios todo poderoso, en el Dios invisible, que en su soberanía sabe lo que es mejor en todas las cosas. La fe nos afirma, pues es el ancla de nuestra alma y nos fortalece. La fe nos hace descansar en sus promesas, porque fiel es el que lo prometió. La fe nos asegura el resultado de aquello por lo que hemos orado pacientemente conforme a su voluntad sabiendo que el resultado es infalible. Tal cómo está escrito.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” (HEBREOS 11:1 RVR60)

La fe está anclada en lo invisible. Es el espejo del corazón que refleja las realidades de un mundo invisible; la substancia del reino de Dios.

La fe se refleja de varias maneras, con expresiones cómo estás: yo siento en mi corazón, yo tengo paz, etc.  La verdadera fe mira la realidad, pero cree la verdad. ¿Y qué es la verdad? Lo que Dios ha dicho está por encima de la realidad.

Por ejemplo usted puede tener cáncer; está es una realidad. Pero la verdad es que por las llagas de Cristo nosotros ya fuimos curados. Se preguntará, ¿Pero cómo puedo estar seguro de eso si lo único que veo es mi triste realidad? Es exacto lo que quiero decir. La fe nos lleva a creer la verdad que está por encima de la realidad. No es algo que miras, ¡es algo que crees! Pues la fe está anclada en lo invisible; vive a partir de lo invisible, y lo hace visible.

La fe concreta lo que ve. La fe le da ojos al corazón, que por la fe, ve un futuro donde el cáncer ya no está. Una vida normal y llena de propósitos eternos. Te preguntarás ¿porque la mención del cáncer? Verás que escogí hablar de él, porque yo soy sobreviviente de cáncer. Y puedo asegurar que pasar por esta experiencia tan aterradora, terrible y dolorosa, me ayudó a ejercitar mi fe que profese al recibir a Cristo en mi corazón como mi Dios y salvador.

Fue un tiempo de extrema sobré naturalidad en mi vida. Fielmente, el Señor cumplió su palabra la cual dice, “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.” Isaías 43:2 RVR1960

La constante exposición a la palabra de Dios mantenía mi fe viva y en continuo crecimiento. Es por eso que es importante congregarse después de haber creído, pues la fe es el resultado de oír, no de haber oído. La fe se multiplica en un corazón que está atento, el corazón que está listo para que el cielo deposite en el la fe. Lo describiré de otra manera. Nosotros somos la tierra y las palabras son semillas que fructifican en nuestra vida. Son depósitos del cielo que están ahí guardados para el momento en que lo necesitemos.  Y aunque nuestra fe debe ser agresiva, con objetivo y propósito, esta misma fe es más que gritos. No es la auto suficiencia. Por el contrario es llevar el corazón a una condición de entrega y de reposo absoluto; un corazón rendido es un corazón de fe.

Tal vez te preguntas cómo podemos llegar a esta condición de reposo. Esto es porque cuando se cree, no ay incertidumbre, no ay lugar para la duda, no ay ningún temor, solo paz y absoluta confianza.

Sin embargo la violencia y la fe caminan juntas, “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.” S. Mateo 11:12 RVR1960

Como el caso de los dos ciegos, “Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!”  S. Mateo 9:27  RVR1960

Otro gran ejemplo lo encontramos en la mujer enferma de flujo de sangre.   “Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.” S. Mateo 9:20-22 RVR1960

La fe se abre paso calladamente o clama en alta voz pero siempre es violenta.  La fe se aferra a una realidad invisible y no la suelta.

La fe da poder. Un buen ejemplo es que el automóvil tiene varios caballos de fuerza, pero no va a ningún lado hasta que se suelta el embragué. Entonces se conecta la energía contenida en el motor en movimiento, y se transfiere esa energía a las ruedas. Lo mismo sucede con la fe. Tenemos todo el poder del cielo detrás de nosotros pero es nuestra fe la que conecta lo que está disponible para nuestra vida.

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Rosalba Hernández

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