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El Espíritu Santo en el Génesis Segunda Parte

El Espíritu Santo en el Génesis Segunda Parte

Aunque el Espíritu de Dios suele aparecer mencionado de una manera directa y categórica en muchísimos pasajes de las Sagradas Escrituras, como reflexionábamos en la entrega anterior acerca de Génesis 1:1-3, también aparece implícito de manera tácita, desinencial o simbólica en otra gran cantidad de pasajes bíblicos.

Uno de esos pasajes es el siguiente: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Gen 1:26-27)

Y el que lee podría preguntarse: Bueno… ¿Y donde se menciona aquí al Espíritu Santo? Es ahí donde es necesario releer…

1) En el plural Helogiym (hb. ‘dioses fuertes, poderosos’) forma en la que los hebreos se referían a todo los inmenso y superior (‘cielos’, ‘aguas’, ‘aguas de arriba’,…

2) En el plural ‘hagamos’, donde algunos ven un simple plural mayestático, y otros como ‘el consenso de todo el orden de la creación angelical’ anterior a la nuestra, nosotros podemos ver al Padre, al Verbo Divino y al Santo Espíritu de Dios.

3) Y en la creación integral de los seres humanos, o sea ‘su semejanza con Dios’.

Que el ser humano consta de una naturaleza física y otra espiritual es algo perceptible desde las primeras páginas de la Biblia hasta las últimas, lo que en teología se conoce como la ‘dicotomía’ del hombre. Sin embargo, la doctrina del Nuevo Testamento hila aún más delgado al establecer diferencias sustanciales entre el cuerpo, el alma y el espíritu de los hombres (Deut 6:5: Mat 13:33; 1 Tes 5:23; Heb 4:12). Y en verdad es sobrado buscar contradicciones donde no las hay.

Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo; y existe una correspondencia implícita entre las personas de la Divinidad y los elementos que integran al ser humano. La Biblia no tiene problemas en atribuirle a Dios atributos y sentimientos humanos y tanto el Maestro Jesús como el Espíritu Santo señalan que el Padre sabía cosas que otros miembros de la Trinidad ignoraban (Mat 24:36; 1 Cor 2:10). Muy pertinente al alma de la Trinidad si esta forma de apreciación no fuera antropomórfica también.

Luego tenemos al Verbo que ‘se hizo carne y habitó entre nosotros’. Aquel que es ‘la imagen visible del Dios invisible’. El ‘Ángel de Jehová’ a los ojos de sus ángeles, y Jesucristo de Nazaret a los ojos de nosotros los humanos. Una clara correspondencia entre el aspecto físico de nosotros los hombres y la segunda persona de la Trinidad (Juan 1:14; Col 1:15; Heb 1:1-14).

Finalmente al Espíritu Santo. La razón por la cual era imposible la residencia permanente del Espíritu Santo en el corazón humano es porque “Dios es Espíritu y, los que le adoran, en Espíritu y en verdad es necesario que le adoren”. Sin el Espíritu Santo el espíritu humano permanece en muerte porque es el Espíritu de Dios el que vivifica el ‘corazón humano’, su ser interior (Gen 2:16,17; Juan 4:24; Efe 2:1,2).

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Francisco Jiménez Cruz

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