Creados Para la Excelencia

Génesis 1.27-31

Cuando Dios creó lo que existe estableció sobre su creación un principio: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1. 31), el principio  de la excelencia. Ese principio no exime al ser humano, Dios nos hizo a su imagen y semejanza, por lo tanto no solo teníamos una semilla de Dios, sino que también su bendición. Por la gracia de Dios somos seres maravillosos, con grandes capacidades, dones que manifiestan en nosotros la gracia divina; tenemos la capacidad de hacer cosas hermosas, al igual que nuestro creador.

De todos los seres creados, solo los seres humanos tenemos la capacidad de razonar, de desarrollar las artes, tenemos ingenio, ética y moral, la imagen y semejanza de Dios está plasmada en todas las capacidades que tenemos. Dios nos había creado para hacer las cosas con excelencia, pues teníamos en nuestro ADN ese principio, sería parte de nuestra naturaleza y nuestro carácter, desde lo más pequeño hasta lo más grande sería bueno en gran manera.

Sin embargo, cuando Adán y Eva pecaron,  no solo nos separamos de la relación que teníamos con nuestro creador, sino que también nos perdidos en el propósito por el cual habíamos sido formados. La mediocridad y la superficialidad comenzaron a ser parte de nuestra vida. Ya no teníamos el deseo de hacer las cosas con ese nivel de excelencia y comenzamos a conformarnos con lo bueno y aun con lo regular. Esa actitud ha venido de generación en generación, hasta nuestros tiempos.

Sin embargo en Jesucristo es restaurado el principio de la excelencia, toda su vida en esta tierra mostró que el ser humano podía sacar lo mejor de sí mismo cuando se somete a Dios. El dio la ofrenda más excelente, capaz de liberar al ser humano del pecado y de la muerte, su amor, su servicio, todo lo que hizo lo llevó al nivel más alto de la excelencia; y nos dijo “ejemplo os he dado…” San Juan 13.15.

Si tenemos el Espíritu Santo, deberíamos  hacer las cosas con excelencia, porque hemos sido restaurados al propósito del Padre. En Cristo la vida de Dios está activa para que todo en nosotros tenga el principio divino, excelente padres, excelentes hijos, cristianos, profesionales, empresarios, empleados.

Deberíamos ser capaces de hacer las cosas más simples y sencillas con tal grado de excelencia que se conviertan en elementos impresionantes para otros, ¿cómo cuáles? la tasa de café que le sirves a tu esposo o esposa, el tiempo que le dedicas a tus hijos, la atención que le prestas a las personas cuando hablas con ellas, tu ofrenda en el culto, tu adoración, lo que haces cuando sirves en la iglesia. Pueden ser cosas sencillas y simples, pero si las haces con excelencia la bendición y el favor de Dios estará contigo en todo lo que hagas.

¡Hagas lo que hagas, hazlo con excelencia!

discipuloscristo@ice.co.cr

www.discipuloscr.org

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William Luna

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