Una iglesia de respuesta social

El pasado miércoles 5 de abril, el medio costarricense CR HOY, publicó un titular denominado, “Los ticos están sumidos en la depresión y desde edades muy tempranas”. En esta nota, se exponían datos publicados por la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS), en los cuales se advierte sobre el incremento de este trastorno, pues para el año 2016, la institución pagó ¢1.400 millones por incapacidades a personas deprimidas. Esto significó 77.769 días entre 4.339 personas.

Aunado a lo anterior, según Lilia Uribe del Hospital Nacional Psiquiátrico, los problemas de salud mental aumentaron en los últimos 10 años y pasaron de un 12% a un 20% al año, es decir, por cada 100 personas, 7 sufren depresión; teniendo las mujeres cuatro veces más posibilidades de atravesar este trastorno.

Ante este panorama tan preocupante, surge la pregunta; ¿qué papel está tomando la iglesia de Cristo frente a este escenario?, de cara a una sociedad que ruega a gritos por sanidad. En los meses anteriores, las noticias sobre suicidios aumentaron en los medios de comunicación, basta con salir a las calles y mirar la agresividad que aumenta en la sociedad para notar el poco oxígeno que está llegando a sus corazones, necesitados de una respuesta.

Al nacer de nuevo, conocer a Cristo y reflejarnos en las escrituras, sabemos que la única fuente de verdadera paz, gozo y plenitud no proviene de las circunstancias ni de los seres humanos; que la verdadera felicidad no nace en el seno de una vida “exitosa a los ojos del mundo”, sino en la luz que alumbra el corazón y lo llena de vida y pasión por medio de la sangre de Jesús.

Es por este motivo que es la hora perfecta, para que ocurra un despertar en la iglesia del Señor. No es posible continuar guardando lo que se entregó por medio del sacrificio de Jesús, la iglesia debe ser, en todo momento, una alternativa social para los conflictos que surgen, pues es ella, quien tiene las respuestas correctas, al ser la palabra de Dios la única verdad que prevalece y prevalecerá por siempre.

Es necesario volver a la compasión que tenía el Señor Jesús, aquel a quien no le importaba extender la mano para tocar a un leproso rechazado por la sociedad, la misma misericordia que fue capaz de entrar un día en el lodo más profundo de los pecadores, en medio de la suciedad y ataduras, para dar una nueva vida.

Como hijos de Dios, se tiene la responsabilidad de no ignorar unos ojos tristes que caminan alrededor; no pasar de largo cuando se percibe soledad profunda en aquel que se aísla y no comparte sus problemas, pero con su semblante lo dice todo.

Aún con los hermanos en la fe, no es posible ignorar a quien se encuentra en una condición de tristeza, desamparo y desesperación, pues la palabra enseña que el amor será la marca para el mundo de los seguidores de Cristo, el amarse los unos a los otros, hará que se reconozca a quienes son discípulos verdaderos.

Es hora de levantar la oración, pero también, de accionar el amor, de tomar la oportunidad de olvidar por un segundo las pruebas propias y mirar al redor, pues probablemente se encontrará aquellos que están esperando por una mano extendida, mostrando al Jesús que levantó a su iglesia y la puso en pie.


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